Telón de fondo

Autor anónimo

           Vengo una vez por semana, al mediodía, a tomar un café… y a leer el diario. Es mi tarde libre.

           Aunque el lugar no tiene mucho de memorable me queda cerca y me atienden bien.

           Me siento siempre acá, en esta mesa vecina a la ochava de la puerta de entrada. Miro hacia dentro del salón para dejar vagar la vista.

           Desde este lugar los veo todas las veces. Allí, en la mesa del fondo, más o menos larga o angulada según sea. Serán unos veinte, unos más, unos menos. Estimo que frisan los ochenta.

           No me hubiera sorprendido una reunión ocasional. Siempre convoca el fin de año, o un cumpleaños, o una despedida. Lo que me sorprende es esta terca presencia semanal sin motivo aparente.

           No sé quienes son, ni me interesa.  Lo que inquieta a mi cabeza -vacante en estas horas distraídas- es saber qué rutina los convoca.

           He terminado por conocer sus costumbres. Entran con paso más o menos firme o vacilante, según el caso,  y se dirigen hacia el fondo como respetando una consigna. A veces lo hacen en grupo, encabezados por uno con aire tutorial.

           Luego viene un saludo efusivo como si no se hubieran visto largo tiempo, siendo que los vi hacer lo mismo hace siete días.

           Cuando llega alguno desacostumbrado me doy cuenta enseguida. Las bienvenidas son más ruidosas y alcanzo a escuchar el nombre o el apodo del visitante, casi siempre acompañado de alguna observación irónica a la que el nombrado se resigna con una sonrisa mientras completa su salutación. Parece como si tal algarabía señalara el fin de un exilio.

           Con la llegada de las botellas tiene lugar un consabido brindis. Como en general no hay palabras no puedo dejar de preguntarme por qué brindan. No encuentro nada que se celebre todas las semanas del año, por lo que he terminado aceptando que brindan por haber vivido una semana más.   

           De inmediato se instala el bullicio, fruto de la conversación. Más allá de algunas voces que sobresalen, agudas  y raspantes, nunca llego a entender de qué hablan. Creo que ellos tampoco porque sus discursos se superponen y casi ninguno llega al final de su párrafo sin ser interrumpido. No obstante, debo aceptar que en algo se entienden por la explosión de repentinas risotadas.

           Absortos en este ruidoso diálogo suelen desoír al dueño del lugar, a quien obligan a deambular alrededor de  la nutrida mesa mientras solicita a viva voz y con  insistencia que cada uno se haga cargo de recibir el plato que pidiera. Advierto que a continuación se suceden largos intercambios para corregir los errores de la trabajosa entrega.

           Entre un plato y otro suele sobrevenir un segundo brindis. Otra vez el gesto habitual de alzar y entrechocar las copas. Si nunca pude desentrañar el motivo del primero menos puedo explicar este segundo. Para aliviar mi curiosidad he convenido que brindan otra vez por haberse olvidado que ya lo han hecho. 

           Para explicar tal encuentro deseché la idea de un club de jubilados, porque asumí que se reunirían en el local de la institución y no vendrían semanalmente a pagar un almuerzo. También excluí la afición a alguna actividad común. No están en la edad del deporte y en cuanto a juegos de salón los veo más cerca del dominó que del bridge, pero nunca los vi jugar siquiera un esperado partido de truco.

           Varias semanas después de nuestro primer encuentro he pensado que lo mejor para resolver mis dudas era preguntarle al dueño del local de dónde salen estos personajes.

           Me contestó: “Son unos veteranos que se reúnen aquí”.

           La respuesta me resultó elusiva porque no agregó nada que yo no supiera. Creo que dijo “veteranos” en lugar de decir “viejos” por temor a que lo oyeran, o mejor a una infidencia de mi parte, ya que absortos en su barullo nunca hubieran escuchado su respuesta.

           Jamás me hubiera animado a decirles “ustedes son viejos”; por un lado porque no me busco enemigos tan gratuitamente y, por otro, porque lo más probable es que no me escucharan, ya que parecen ajenos a otros  comensales, como si el mundo empezara y acabara en  ellos.

           Llega el postre y se repiten las dudas sobre el destinatario de cada pedido.

           Luego, un nuevo brindis, esta vez con champan. A esta altura abandono toda aspiración de entender su causa. Algo escuché alguna vez de festejar cumpleaños, pero me parece insólito que estén programados para que haya uno tan puntual que cumpla exactamente una semana después de otro. No cabe en mi cabeza que se hayan agrupado en base a esa condición excepcional.

           No hay duda que cualquiera sea su causa debe haber alguna obligatoriedad en el acto de reunirse, porque al final alguien pasa lista o bien controla a los presentes según un acta que se lleva por escrito.

           Es más, pienso que alguna sanción puede aplicarse a los que no van porque además se exigen garantías sobre la presencia de cada uno en la reunión próxima.

           He llegado a pensar si no estarán obligados a una probation por haber incurrido en un delito común, que admito, excarcelable.

           Lo que no entiendo en ese caso cuál es el bien o el servicio que prodigan, salvo que se lo brinden entre sí. 

           La despedida es un largo trámite. Se cumple a la salida, en la vereda. Vuelven las salutaciones y los abrazos como si no fueran a verse nunca más. Es cierto que a algunos nos los he vuelto a ver desde una precisa última vez, pero los demás regresan como asumiendo las ausencias.

           Un pequeño grupo, no más de cuatro a seis, prolonga la reunión, afuera o adentro, según el clima.        

           Apuran uno o varios cafés cuando no algún vaso de whisky. Esta vez hablan con seriedad como si hicieran un balance de lo ocurrido. No llego a saber si planean alguna innovación para reuniones futuras. Si lo hacen no lo logran, porque todas se repiten de igual manera. Intuyo que analizan cuestiones más serias en las que a veces parecen no estar de acuerdo. El grado del disenso lo mido por las vueltas de pocillos que demandan.

           Entretanto, he pasado en esta mesa desde el mediodía hasta las cinco de la tarde, sumido en cafés, diarios y ociosas conjeturas sin respuesta.

           Recién advierto algo en la carta que por costumbre miraba… sin ver. El lugar se llama “La mirage”. No sé francés. Busco distraídamente en el celular.  “Le mirage” significa “el espejismo”.

           Empiezo a aceptar, tal vez para terminar con este asunto, que es posible que aquellos personajes no existan y que sean el espejismo, el telón de fondo, con el cual el sitio justifica el letrero de la entrada.    

                                                                                        Junio 2018

Nota: el autor de la presente, deseando mantener su anonimato, se la entregó personalmente al Doctor Chach Lanoss