LA FAMA DE HERRERA Y LOS CALZONCILLOS DE AMBLARD. CON ESO NO SE JUEGA !

 

La presente comunicación no puede ser incluida sino en el lugar de las anécdotas, si bien tendría que  ocupar un espacio más triste, el de los sucesos lamentables.

Una vez más la Comisión de Asuntos Históricos de la Quince o CAHQUIN (a distinguir de la ya célebre PROQUIN) señala una circunstancia trascendente y la hace pública por mi intermedio.

 

No todo fueron rosas en el reciente viaje a Mendoza.

Dos de nuestros más conspicuos compañeros debieron soportar los efectos de la desfachatez y la vulgaridad, vicios que parecen campear en todos los rincones de nuestra pobre Patria.

 

Ocurrió que a varios de nosotros, en las últimas horas de la tarde, ya llegados de los respectivos paseos, el Dr. Billinghurst nos acicateaba con la propuesta de dirigirnos al centro de la ciudad para tomar lo que él llamaba “un copetín”.

Al oírlo no pudimos sino pensar en el coraje de alguien que despreciando las tilinguerías del lenguaje, es aun capaz de decir “copetín” para nombrar aquello a lo que otros aludirían con “trago”, “drink”  o  con el todavía más snob “happy hour”.

No hay duda que los años de diván dan a ciertas personas una seguridad de la que muchos carecemos.

El mentado “copetín” podía, según la voluntad de cada cual, desembocar en una cena formal.

Fue al concluir una de esas cenas, en el centro, cuando ocurrieron los sucesos que justifican el relato.

 

Ya entrada la noche no era fácil conseguir un transporte para regresar al predio del Liceo.

Menos fácil era lograr un taxi y hacer penetrar en el habitáculo la generosa anatomía de cuatro y hasta cinco de nosotros, además, recién cenados e hidratados.

Uno de esos taxis fue ocupado por tres avispados camaradas, uno de los cuales, el único que la crónica registra con seguridad, era el Dr. Amblard.    

No faltaban las burlas de los satisfechos ocupantes de un automóvil respecto de los que quedaban de a pie.

Así, del taxi de marras salieron mofas dirigidas al “Churo” Peleitay, resignado y paciente en su espera, augurándole un regreso tal vez de madrugada. 

Pero eso es asunto menudo.

 

Lo cierto es que al llegar a la primera esquina y para sorpresa general de los allí apostados, el conductor del vehículo sacando la cabeza por la ventanilla, con voz estentórea gritó:

-“Herrera… Herrera, andá a trabajar, Herrera !”.

 

Alberto Herrera, que a la sazón integraba el grupo, sorprendido por la interpelación, demudado, no lograba salir de su asombro, mientras palpaba mecánicamente su filmadora profesional, especie de extensión de su cuerpo, pendiente como siempre de su atribulado cuello.

Alguien a su lado, no dando crédito a lo que oía atinó a decirle:  “Alberto, es a vos !”   

 

Cualquiera podría haber pensado que la fama de Herrera es interprovincial, tal vez como anticipo de otra internacional capaz de eclipsar la de su propia hija.

Lo sucedido después da por tierra con esta suposición, al menos en este caso.

 

De todos modos conminar a Alberto Herrera a trabajar como si fuera un vago, es desconocer su inquebrantable vocación por la tarea, sea en el estudio o en el set.

 

No. El exabrupto debía venir de la atrevida sugerencia de uno de los tres ocupantes del taxi, en complicidad con el descarado conductor.

 

El autor de la idea no pudo ser Amblard. Dos más que amigos, criados en el mismo barrio, el de San Cristóbal, no se juegan estas malas pasadas.    

Además el propio Amblard fue instantes después objeto de la irreverencia del taxista.

 

En efecto, preguntado el conductor por la seguridad en la ciudad de Mendoza, no dudó en afirmar que allí se podía robar hasta los calzoncillos, para agregar de inmediato:

 

-“Bueno, a vos gordo para qué te van a sacar el calzoncillo… salvo que tengan que montar una carpa de circo”.

 

Tan inaceptable es mandar a trabajar al Dr. Herrera como burlarse de los calzoncillos del prestigioso otorrinolaringólogo.

Cualquier otra comparación podría haberse tolerado: una tienda de campaña, el paño de un globo aerostático, una red de pescadores (de las grandes), pero nunca la carpa de un circo, porque adivinamos el meta mensaje: dentro de la carpa está el payaso y nadie puede llamar payaso a un sujeto transparente (me refiero a su personalidad), que se ha pasado la vida haciendo el bien en las narices de todo el mundo.   

Es probable que Amblard no haya querido llevar la cosa a mayores y se conformara con el regreso al Liceo.

 

En cuanto a Herrera, qué admirable su respuesta al compañero que le señalaba el grito del conductor !

 

- “Callate pel… (se omite el vocablo completo para proteger oídos sensibles). A mi me puede saludar un juez, un abogado, pero no un tachero, y menos aquí en Mendoza”.

 

Es que uno puede ser todo lo socialista que se quiera y sentirse identificado con la clase obrera, pero a la hora de que lo conozcan, una cosa son jueces y abogados y otra tacheros, …además de Mendoza; siquiera fueran de Buenos Aires !

 

Moraleja:

 

Dentro de veinticinco años, cuando celebremos los setenta y cinco del egreso, si no cambian de conducta los conductores de taxi y algunos de nuestros atrevidos compañeros, habrá que pensar si será mejor volver a Mendoza… o quedarnos en casa.

 

Habrase visto !

 

Lanosa 

Mendoza

Cahquin

“Viaje de egresados” a Mendoza

14 al 19  de noviembre de 2007

Grave denuncia de la Cahquin

Comisión de Asuntos Históricos de la XV