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“la culpa la tuvo Miranda…” (¿?)

Un truco por el Paraná, un viaje por nuestra feliz realidad.

Hay hechos que  justifican la vida de las instituciones. Relatos como el que sigue explican por qué la CAHQUIN (Comisión de Asuntos Históricos de la Quince) no desfallece en el registro de acontecimientos trascendentes. Gracias al amor por la verdad de este autor AnOniMo, somos testigos de las preocupaciones de algunos de los personajes de la promoción y de las honduras metafísicas que mantienen sus mentes en vigilia. Pero eso no es todo. Sépase que el asunto aquí relatado ocupó los comentarios durante las ocho horas que duró el viaje de regreso desde Paraná, lo que autoriza a esta CAHQUIN a efectuar una ligera corrección: en la Quince (“Ese Misterio”) no hay un intelectual…hay muchos!!! Lo que pasa es que saber quiénes son es “un misterio insondable”.

 

 

lugar: Paraná (quinta de Franz Blaha)

 

fecha: domingo 28 de septiembre de 2008

 

participantes (por orden de aparición):

 

Osvaldo “petiso” Manso

Ricardo “Maranello” Ferrari

Alberto “intelectual” Herrera

Guillermo “teutón” Krauss

Orlando “colorado” Iuorio

Alfredo “morocho querendón” Miranda

Eduardo “gilastrón” Zanelli

Carlos “voz de trombón” Maggiolo

 

 

 

El relato

 

 

No era una disputa cualquiera. Se jugaban muchas cosas: la inteligencia, el talento, la habilidad, la destreza, la virtud, la picardía, la media beca y, por qué no, el cuadro de honor de cada cual.

Estaban casi todos los prestigiosos y un par que acompañaban de relleno, para achacarles las culpas; esos metidos que insisten, a pesar de las cicatrices que portan.

El sopeti, taimado, pícaro, mentiroso y trompeta; el mago de Maranello, pero el del sur, que a esto juega desde hace mucho, porque en la Patagonia, salvo jugar con las ovejas, el viento no les permite otra cosa más que este juego, que aprendió, y al que juega bastante bien, más por insistencia que por habilidad o pericia. Y el acompañante de ese lado, el para el sopapo ¿quién era?: el intelectual por antonomasia, que baila bien lo clásico pero que para esto, aunque es de rioba, no suma, porque el centro desde hace tiempo lo encandiló ciegamente. En el otro rincón: un alemán, cara de nada, inexpresivo cual parkinsoniano, más para el póker que para esto, aunque ducho en estos menesteres, acompañado por un colorado mandón, que también merecería ser teutón, y el gil de la ocasión, un morocho querendón, que no se cansa de cobrar.

La cosa estaba redonda, venía con antecedentes y fama. Para completar la función: un  público enardecido, con mucha participación. Si hasta había un gilastrón que sentado en un rincón, pasaba señas impuras y otro con voz de trombón, y risa de igual tenor,  pasaba información a su compadre, el petiso.

Pujaban por unos y otros, cobrándose viejas cuentas del maravilloso misterio. Las cosas venían mal para los segundos, parecía que dormirían afuera. El morocho gilún, perdidoso amonestó: saben cuántos de estos he visto ganar. Ninguno, le contestó el otro, que del otro lado, la iba de vagón. Mientras los sesudos, callados, pensaban ruidosamente.

           Despacito los teutones iban arrimando la chata, punto por punto, palo por palo y se pusieron 13 a 12. Última vuelta, redonda y sin concesiones, a matar o morir. El petiso sotreta juega de pie, no tiene nada para el segundo: sintiéndose perdidoso, frío y lívido por dentro, pero sin que se note en su rostro, le grita al inexpresivo teutón: ¡falta envido! y este, sin consultar, acepta ante el desconcierto del colorado y el negro. El de maranello veintiuno, el morocho veinticuatro, el boga son buenas, el petiso carcamán canta las veintisiete, el colorado derrotado, despacito y desesperado, son buenas, y el alemán, sabiéndose ganador y gozándolos a todos, inclusive al público, con el siete bravo y el ancho del mismo palo, dice “qué cagada”, en vez de veintiocho. Ahí salta el impredecible intelectual, tirando las cartas, sintiéndose ganador. Un momentito, yo no dije nada, recrimina el teutón pidiéndole repetidas veces al colo: “cantá”, “cantá bien”, “cantá bien”. El petiso picarón le dice al alemán, “dijo ¡son buenas!”, el alemán le replica:” yo no escuché que dijera “son buenas”. “Así que para vos son buenas mis veintisiete, porque dijiste “son buenas”. El alemán insiste, “cantá bien”. El colo no entiende nada, y con su mirada entre desorientada y asombrada, denuncia veintiocho, uno por encima del petiso. El partido 14 a 13 a favor de los de atrás, cumpliéndose así la sentencia del morocho querendón. Falta jugar la segunda vuelta, sale el patagónico con el ancho de basto, lo sigue el morocho y el boga con cartas falsas; le toca al colorado que tira una figura.

La primera es de los del petiso; pero el zorro alemán, sabe que las otras dos son de él, por el siete y el ancho de espadas en su poder, y va a ganar sin cantar. Juega de nuevo el del sur, el morocho, y el boga que se borró del barrio, y después, le toca al colo que juega un cuatro.

Se hace un silencio profundo, que aprovecha fieramente el petiso: “!así que tenés dos cuatros del mismo palo! ¡no hay revancha para nadie! ¡y vos, teutón chauchón, morfate las cartas!”.

Se arma un revuelo fantástico, gritos, hurras, risotadas, maldiciones, recriminaciones. No era tiempo para moralejas. Lo cierto es que ni el petiso mostró las veintisiete, ni hubo acuerdos posibles, salvo uno:

 

                      La culpa la tuvo Miranda...

autor AnOniMo

 

 

 

 

Y sigue, sigue, sigue el baile…

 

 

           Muy bueno. Lástima que a nuestra edad la memoria traiciona. El que le dijo al Teutón "vos dijiste son buenas", y éste replicó "yo no dije son buenas" fue el boga, que habrá dejado el barrio pero tiene oficio.

           El final modificalo. No fue necesario. Se metieron en el ... el as y el siete, porque el triunfo quedó sellado con el tanto.

           Las acotaciones son accesorias, pero la verdad está ante todo. Lo que sí te sugiero es que te borres de cualquier otro viaje. El Teutón si no te clava un puñal después de la próxima cena te deja tirado en cualquier zanjón de la Patria.

           No sé quién será "AnOniMo", pero lo que tengo claro es que porta una malparición desmesurada. Después del quilombo producido, no sólo en plena contienda truquística sino durante todo el viaje de regreso (que puso las bol... por el suelo al resto del pasaje y, con su arrastre, dificultó la marcha del micro) reflotar el grave disenso es lo peor que puede ocurrir en la Camada. Y ocultarse tras el anónimo, una falta de personalidad lamentable. Menos mal que (además de la ley) nuestras costumbres han preterido los lances de honor, si no a estas horas un Teutón y un Colorado casi Teutón, gracias a vos, se estarían matando con cuchillo y tenedor.

           Chau.

 

           El Gran Ojo de la Quince (sólo existe lo que su cámara registra).

 

 

 

 

 

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